Es entonces cuando Miguel Ángel Buonarroti hace emerger de un bloque de mármol su Piedad del Vaticano; 500 años más tarde, David LaChapelle, probablemente el fotógrafo contemporáneo más cotizado del mundo, capta una imagen inspirada en aquella escultura. La obra de LaChapelle es todo fotografía plástica, un abanico de colores terriblemente crítico que muestra a personajes con proyección internacional, costumbre que le ha hecho ganarse el sobrenombre de “el fotógrafo de los famosos”, no hay revista de moda ni celebrity que no tenga una foto suya.
Chispeante, surrealista y provocadora, la fotografía de LaChapelle consigue, sin lugar a dudas, ofrecer una nueva versión de este Pasaje Bíblico. Se respiran en toda su obra, las connotaciones sociales y culturales de una nueva era, asistimos a través del Arte a la creación de un legado histórico que muta con los movimientos culturales de la época en la que vive. Parece ser que la contemporaneidad artística tiene como fundamento la mirada atrás en el tiempo: las tendencias actuales se construyen con una clara inspiración en el pasado; la praxis artística actual, se manifiesta como el reflejo del momento en que es ejecutada.
En esta ocasión no es la Virgen María la protagonista de la obra, sino Courtney Love, viuda del mediático cantante de Nirvana Kurt Cobain. Las relaciones entre la obra original y la de LaChapelle son más que evidentes para el ciudadano de esta época: una Courtney en éxtasis, con un hombre rubio en brazos, a la imagen a su marido fallecido, y un niño gateando, que simboliza a Francés Bean, la hija que tienen en común y que era bebé cuando murió el cantante. Las condiciones en que murió Cobain, el sufrimiento que carga Courtney durante los últimos años de vida en la lucha contra la adicción que tenía su marido a la heroína, la nota de suicidio que dejó a su esposa e hija días antes de su muerte y el tratamiento que los medios dieron al caso, hacen de esta historia casi un castigo divino. La fama, el éxito y las adicciones fueron un verdadero cóctel molotov para muchos cantantes en los noventa.
La escena evidencia la costumbre americana: latas y envases tirados por el suelo y, una bombilla que simboliza que Dios está presente y que se lleva su alma a buen recaudo. El dramatismo de la composición se enfatiza aún más si se establecen estas relaciones, LaChapelle ha jugado con la información que el receptor tiene sobre la vida de los protagonistas; con el visionado de esta obra se exige un doble esfuerzo interpretativo ya que todos somos consumidores de medios, y que es a través de éstos como aprendemos y conocemos de los acontecimientos: nos conmovemos de las desgracias y nos alegramos de las cosas buenas, al fin y al cabo nos enriquecemos de este fenómeno obteniendo herramientas para comprender el mundo en que vivimos.
Estas nuevas formas de entender el Arte cuestionan directamente las nuevas direcciones de una sociedad que, desde la democratización y la explosión de las comunicaciones, conoce infinitamente más códigos y claves que aplicar a su vida diaria. El ciudadano de esta era es un ser transdisciplinar que recibe y envía constantemente mensajes al resto de los actores sociales en un escenario público como es Internet o los nuevos medios de comunicación masivos. ¿Es el Arte un espacio donde todo vale? ¿Estos espacios públicos son realmente una ventaja absoluta? ¿Son estas nuevas relaciones una clave para interpretar el Arte Contemporáneo? Si aceptamos el Arte como una máquina que se retroalimenta y evoluciona permanentemente, es de un placer inmenso conocer nuevas formas de intelecto artístico pudiendo, a través de los artistas, conocer nuevas realidades en un mundo en el que, cada vez con mayor intensidad, se desdibujan las fronteras entre realidad e ilusión.